
Estoy hasta el mismísimo de las mujeres que pueden con todo.
Sí.
Estoy hasta el mismísimo de las mujeres que pueden con todo.
Bueno, en realidad no.
Estoy hasta el mismísimo de la idea de mujer que nos han vendido durante años.
Esa mujer que trabaja, cuida, organiza, recuerda cumpleaños, lleva la agenda familiar en la cabeza, llega a tiempo, sonríe, escucha, acompaña, resuelve problemas y además encuentra un hueco para hacer ejercicio, comer sano y tener buena cara.
Y si puede hacerlo todo sin quejarse, mejor.
Porque parece que cuanto más aguantas, más valor tienes.
Y sinceramente, ya está bien.
Durante un tiempo de mi vida yo también quise ser esa mujer, de hecho, se que lo he sido, pero por las circunstancias de la vida.
La mujer que podía con todo.
La mujer fuerte.
La mujer resolutiva.
La mujer que nunca necesitaba ayuda.
La mujer que seguía adelante incluso cuando por dentro estaba agotada.
Y lo peor es que ni siquiera me di cuenta de que me estaba convirtiendo en ella.
Porque cuando llevas años funcionando así, acabas creyendo que es normal.Lo que yo suelo llamar “modo piloto automático”.
Normal vivir cansada.
Normal no tener tiempo para ti.
Normal dejar para mañana lo que necesitas hoy.
Normal poner siempre a los demás por delante.
Normal sentir que llegas a todo menos a ti misma.
Y no.
No es normal.
Es habitual.
Que es muy diferente.
Nos han aplaudido demasiado por sacrificarnos
Y quizá esto no guste a todo el mundo.
Pero creo que a muchas mujeres nos han enseñado a sentirnos orgullosas de cosas que en realidad nos estaban pasando factura.
Nos aplauden por no parar.
Nos aplauden por estar siempre disponibles.
Nos aplauden por ser capaces de sostenerlo todo.
Pero pocas veces alguien nos pregunta:
"¿Y tú cómo estás?"
Porque parece que mientras sigamos funcionando, todo va bien.
Aunque por dentro sintamos que llevamos meses viviendo en piloto automático.
El problema no es ser fuerte
A mí me gusta ser una mujer fuerte.
No quiero dejar de serlo.
Lo que ya no quiero es confundir fortaleza con ser la mas “guay”.
Porque hay una diferencia enorme.Y es que me es indiferente no estar para todos ni encargarme de todo. Me gusta delegar, que hagan cosas por mi y que me toque “ no hacer nada” de vez en cuando.
Ser fuerte no debería significar hacerlo todo sola.
Ser fuerte no debería significar no necesitar descanso.
Ser fuerte no debería significar ignorar lo que sientes.
Ser fuerte no debería significar abandonar tus propias necesidades para que todo lo demás funcione.
Y sin embargo, muchas veces eso es exactamente lo que hacemos.
Hay días en los que no quiero poder con todo
Quiero llegar a casa y no tener que pensar en veinte cosas a la vez.
Quiero sentarme a tomar un café sin sentir que estoy perdiendo el tiempo.
Quiero pasear sin convertirlo en una tarea más y algo de la check list.
Quiero escuchar a mi cuerpo antes de que tenga que gritar para llamar mi atención.
Quiero tener energía para disfrutar, no solo para cumplir.
Tirarme en el sofa y no hacer nada.
Y creo que muchas mujeres también quieren eso.
Lo que pasa es que llevamos tanto tiempo intentando demostrar que podemos con todo que se nos ha olvidado preguntarnos si realmente queremos hacerlo.Y lo peor de todo, cuando vemos a una que hace lo que le da la gana, lo criticamos
Porque poder no significa deber
Y este ha sido uno de los mayores aprendizajes de mi vida.
Que pueda hacerlo no significa que tenga que hacerlo.
Que sea capaz de sostener algo no significa que me corresponda cargar con ello.
Que llegue a todo no significa que sea bueno para mí.
Y que otras personas esperen algo de mí no significa que yo tenga que sacrificarme para cumplirlo.
Ya no quiero una vida en la que siempre llego a todo menos a mí
Porque al final entendí algo muy sencillo.
La vida no mejora cuando aprendes a aguantar más.
La vida mejora cuando aprendes a escucharte antes.
Cuando empiezas a respetar tus límites.
Cuando entiendes que cuidarte no es un premio que te ganas después de hacerlo todo.
Es una necesidad.
Y una responsabilidad.
Así que sí, estoy hasta el mismísimo
Estoy hasta el mismísimo de la presión de tener que llegar a todo.
De la idea de que una buena mujer es la que nunca falla.
De la culpa por parar.
De la exigencia constante.
De vivir aceleradas.
De las “influencers de vida perfecta y que sólo venden mentiras”
De confundir agotamiento con éxito.
Y si algo he aprendido en los últimos años es que no necesito convertirme en una mujer que puede con todo.
Necesito convertirme en una mujer que también sabe cuidarse.
Porque hay una diferencia enorme.
Y porque, al final, la pregunta no es cuánto más puedes aguantar.
La pregunta es:
¿Qué pasaría si empezaras a cuidarte con la misma dedicación con la que cuidas de todo lo demás?